Filosofar sobre tecnología: a quién leer y sobre qué leer

Filosofar sobre tecnología: a quién leer y sobre qué leer
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Estamos en Kenia, en la región de Koobi Fora de hace dos millones de años. Entre la sabana, descansa un pequeño grupo de homínidos. Están bastante alegres porque están terminando de alimentarse del cadáver de un hipopótamo que acababan de encontrar (no sabemos muy bien si eran carnívoros carroñeros pero es probable que así fuera).

Hace muchísimo que son bípedos, lo que permitió liberar sus extremidades delanteras. Sus manos son ya muy modernas: pulgar oponible, presa de fuerza y precisión. Y quizá la ingesta de proteínas ha contribuido a hacer su cerebro mucho más grande que el de sus predecesores (superará los 600 centímetros cúbicos de tamaño).

El jefe yace amodorrado hurgándose trozos de carne de entre los dientes. Su favorita se contonea a su alrededor esperando seducirle. A unos metros, otra hembra joven parece pensativa. Mientras mira a la favorita con envidia y desprecio, recuerda que hace unos días jugaba con sus hermanos en el cauce de un arroyo seco.

El fondo estaba lleno de piedras rotas y cuando ella las pisó, sintió un agudo dolor al clavarse sus afilados perfiles. Mientras la favorita seguía con su danza seductora, ella cogió una piedra del suelo. Era redonda, no tenía ninguna punta afilada.

La golpeó contra el suelo varias veces pero no consiguió romperla. Entonces cogió otra piedra y la usó como percutor hasta que fue arrancando lascas y formó una afilada punta. Si las piedras rotas del cauce del río me infringieron dolor, esta piedra rota infringirá dolor también. Se acercó a la favorita y la golpeó en la cabeza con su puntiaguda invención…

En estos momentos deberían sonar los tambores y las trompas del "Así habló Zarathustra" de Richard Strauss y a lo lejos se contemplaría el negro monolito de Kubrick. El hombre, o un pariente cercano a él, descubre la herramienta, crea la técnica ¿Por qué es tan crucial este descubrimiento?

Uno de los libros más importantes acerca del tema son las "Meditaciones de la técnica" de nuestro filósofo patrio por excelencia: Ortega y Gasset. El pensador madrileño nos cuenta que la técnica es lo que nos hace plenamente humanos. Los animales viven encerrados en su presente, atendiendo únicamente a lo que tienen delante en este mismo instante. El hombre, por el contrario, es capaz de ensimismarse, es decir, es capaz de dejar de atender lo que tiene delante y meterse en su mundo interior. El hombre puede salirse del mundo durante un rato y pensar, recordar, reflexionar… Y es que eso es lo necesario para fabricar una herramienta.

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Para tallar un bifaz hay que dejar de hacer lo que se estaba haciendo, buscar una piedra, sentarse en un lugar adecuado y trabajar durante un buen rato. Para ello hay que tener cierta comprensión del tiempo: hay que imaginar un futuro en el que se va a usar la herramienta y hay que recordar un pasado en el que ya vimos que ésta cumplía bien su función. Y si dominamos el tiempo, tendremos historia.

Nos relacionamos con el mundo mediante la técnica o, mejor dicho, creamos mundos artificiales porque nuestro modo de ser en el mundo es lo artificial

No solo recordaremos cuándo usamos una herramienta sino todo lo demás: recordaremos los eventos relevantes de nuestra vida, tendremos biografías. Si a eso le unimos el dominio del lenguaje que, necesariamente, tuvo que darse a la vez, podremos contar a otros nuestra historia. Nace nuestro yo narrativo.

Y como cada individuo tiene una biografía diferente, nace nuestra identidad individual: yo he vivido experiencias diferentes a los otros, luego yo soy diferente a los demás. Ortega nos viene a decir que no es que por un lado exista nuestra naturaleza biológica puramente humana y luego nuestros ingenios tecnológicos artificiales, sino que nuestra misma naturaleza es la de ser artificiales.

Nos relacionamos con el mundo mediante la técnica o, mejor dicho, creamos mundos artificiales porque nuestro modo de ser en el mundo es lo artificial.

Diseñados para diseñar

Desde otra perspectiva, la de la biología evolutiva, las tesis de Ortega parecen confirmarse. El ser humano se diferencia morfológicamente de los demás seres vivos por las siguientes adaptaciones:

  • Piernas: ahora sabemos que caminábamos sobre dos patas aun cuando seguíamos siendo arborícolas. La hipótesis de que fuimos bípedos debido a cambios climáticos que cambiaron nuestro ecosistema de la selva a la sabana ha quedado descartada cuando se ha estudiado bien al ardipithecus ramidus: vivía en los árboles y era bípedo. Lo importante de andar a dos patas es que libera las extremidades superiores para nuevas funciones.

  • Manos: es la adaptación humana por excelencia. Nuestras manos no están perfectamente adaptadas para ninguna función concreta: no tienen garras ni sirven para correr rápido, ni siquiera para trepar o nadar especialmente bien. No valen para nada pero valen para todo: están diseñadas para fabricar una infinidad de utensilios. Son la adaptación generalista por excelencia y nuestro puente hacia la técnica.

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  • Cerebro: no tenemos el cerebro más grande del mundo animal pero sí la mayor proporción entre su tamaño y el tamaño de nuestro cuerpo. Somos animales muy “cabezones”. También somos muy neoténicos, es decir, pasamos una infancia excesivamente larga, lo cual indicia un amplio tiempo de aprendizaje. Hay que llenar ese enorme cerebro de información, y eso cuesta tiempo e inversión parental. Es lo que llamamos educación.

  • Ojos: dedicamos aproximadamente un tercio de nuestro cerebro a ver. Tenemos una de las mejores visiones del mundo animal. Contemplamos una amplia gama de colores, vemos en tres dimensiones, a larga distancia e incluso podemos ver con relativamente poca luz. Nuestro ojo es un prodigio evolutivo perfectamente hábil para observar con detalle lo que vamos a fabricar.

Si consideramos todas estas adaptaciones, vemos que todas van dirigidas a la técnica. El tridente mano-ojo-cerebro es, precisamente, lo que se necesita para fabricar cosas. La selección natural nos diseñó para diseñar.

Inventando el mundo

Siempre me ha resultado paradójico como la cultura de la Grecia clásica, con un desarrollo cultural impresionante que le hubiera permitido crear importantes avances tecnológicos, apenas aportó nada en este ámbito. Y es que los griegos consideraban que cualquier trabajo que implicara algún tipo de esfuerzo físico (como fabricar una máquina) era cosa de esclavos. La Atenas del siglo V a.C. estaba sustentada por un sinnúmero de esclavos que realizaban todo el trabajo duro: el campo, la construcción, labores domésticas…

Al ciudadano griego de pleno derecho le interesaba más la política y la metafísica que mancharse las manos fabricando algún artilugio. De hecho, para Aristóteles, una disciplina era tanto más valiosa cuantas menos aplicaciones prácticas tuviese. Así, la filosofía primera o metafísica, era la reina de las ciencias, mientras que la ingeniería era asunto de gente inferior: esclavos. Incluso las matemáticas se entendían en un sentido cuasi-religioso, sin ningún interés en buscarles algún tipo de aplicación.

Esta actitud despectiva hacia la técnica permaneció, con más o menos altibajos (por ejemplo, los romanos fueron bastante más prácticos que los griegos y por eso les debemos grandísimas obras arquitectónicas. También los árabes o los chinos aportaron grandes inventos) hasta la Edad Moderna, la era de los inventos. El burgués renacentista tenía una mentalidad muy diferente a la del noble medieval.

Astrolabe Persian 18c Astrolabio Persa del siglo XVIII

Pronto entendió que rezando y asistiendo a los oficios no se hacía rico. El dinero llegaba a quien lo trabajaba de verdad, por lo que su espíritu se volvió eminentemente pragmático. Con nuevas técnicas de cultivo se generaban excedentes que podían venderse en el mercado del pueblo.

Pero en el mercado del pueblo no había demasiados compradores, había que llevar los productos más lejos. Se necesitaban mejores medios de transporte. Y llegaron: brújulas, sextantes, astrolabios… buques más grandes y rápidos que podían permanecer largas temporadas en alta mar: de las primitivas galeras romanas se pasó a carracas, carabelas, galeones, fragatas…

Cambiábamos el mundo con la técnica a la vez que la técnica nos cambiaba a nosotros mismos

Gracias a ellas se descubrieron nuevos territorios, ampliando el pequeño mapamundi del medievo (que no avanzaba más allá del norte de África y rara vez llegaba a la India) a las precisas cartas de navegación modernas. El mundo se hizo enorme: América, el sur de África, Asia… y con él, la amplitud de miras del ser humano. Cambiábamos el mundo con la técnica a la vez que la técnica nos cambiaba a nosotros mismos.

El dominio de la tecnología era fuente de poder y riqueza. Aristóteles estaba muy equivocado. Es un error muy común en nuestro tiempo pensar que invertir en ciencia y tecnología es un privilegio de los países ricos. No, los países ricos no es que sean ricos y por eso invierten en ciencia, es que por invertir en ciencia son ricos.

Más y más inventos revolucionaron nuestra mentalidad y nuestra forma de ser en el mundo: la imprenta de tipos móviles de Gutenberg cambió para siempre la industria cultural. Del carísimo códice medieval se pasó al libro de papel, mucho más barato y accesible a mucha más gente. Y luego entramos en la era industrial: del taller se pasó a la fábrica y del aprendiz al obrero. Nuevas máquinas producían mucho más y más barato que el trabajador humano. Llegaron los telares y las hiladoras mecánicas, y la máquina de vapor llenó toda Europa de ferrocarriles. El capitalismo se hizo salvaje.

La técnica no solo trajo mejoras, sino que incrementó exponencialmente nuestra capacidad de destrucción

Los pensadores ilustrados prometían una nueva era de luz y progreso ilimitados si dedicábamos nuestros esfuerzos a desarrollar la ciencia y la tecnología. Pero pecaron de ingenuos. La técnica no solo trajo mejoras, sino que incrementó exponencialmente nuestra capacidad de destrucción. Llegaron nuevas técnicas militares: desde la Antigüedad, el descubrimiento del hierro tuvo que suponer un avance extraordinario en el arte de la guerra.

Me imagino la batalla desigual entre un ejército armado con espadas, lanzas y armaduras de bronce, contra otro en plena edad del hierro: una masacre. Catapultas y todo tipo de artefactos de asedio, mejoras en las técnicas de forjado de armas (luego llegaría el acero) y, después, la gran revolución de la pólvora: arcabuces, mosquetes, cañones…

British Mark Iv Tadpole Tank Tanque Mark IV utilizado en la I Guerra Mundial por el ejército británico

El gran momento se dio en la Primera Guerra Mundial, la primera gran guerra tecnológica de la historia. Las naciones en contienda no tardaron en darse cuenta de que las cargas de caballería del diecinueve no servían de nada para atravesar campos llenos de alambradas y minas. Submarinos, tanques, gases tóxicos, aviación, artillería pesada…

Las batallas ya no se decidían en un último ataque heroico, sino por el poder económico e industrial de los países combatientes. Alemania perdió la guerra no porque fuera estrepitosamente derrotada en el campo de batalla, sino porque quedó totalmente agotada económicamente. No podía ya competir con el ritmo de producción bélica de sus enemigos y se rindió. El precio de esta guerra fue más de nueve millones de combatientes muertos y toda Europa arrasada.

Las promesas ilustradas comenzaron a ponerse en duda ¿Hacia dónde nos ha llevado este progreso tecnológico sin límites? Y el pesimismo se hizo más fuerte cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, mucho más mortífera que la primera (con estimaciones que llegan a los setenta millones de muertes) y aún más tecnológica. Suele hablarse de ella como la “guerra total” ya que en ella cada país volcó todos sus recursos civiles y militares.

Ciencia, industria, economía, tecnología… todo al servicio de la destrucción del enemigo. Y por si fuera poco, el fin de la contienda no nos llevó a un mundo más seguro en el que el ser humano habría aprendido definitivamente la lección, sino que nos llevó a la posibilidad del apocalipsis final: la Guerra Fría.

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Los dos bloques ganadores, Estados Unidos y la Unión Soviética, se enzarzaron en la más peligrosa carrera armamentística de la historia: el progresivo aumento de su arsenal nuclear. Si un país atacaba primero lanzando sus misiles, antes de que éstos llegasen a su blanco, el otro habría lanzado los suyos.

Los misiles se cruzarían en el cielo y las ciudades más importantes de Occidente serían completamente arrasadas. Einstein decía que no sabía cómo sería una Tercera Guerra Mundial, lo que sí sabía es que una Cuarta sería con palos y piedras. Le damos la razón.

¿Este es el mundo de justicia, libertad y felicidad que prometió la Ilustración? En el siglo XX, cuando la ciencia y la técnica occidentales llegaron a su máximo auge, la humanidad estuvo al borde de la extinción ¿Habría que abandonar de una vez por todas este optimismo?

La megamáquina

Probablemente una de las mejores obras que he leído es "Técnica y civilización" de Lewis Mumford. Con una prosa fluida y adictiva pero erudita como pocas, nos muestra el desarrollo tecnológico de Occidente en constante comunicación con el arte, la arquitectura, la filosofía y cualquier aspecto cultural que pueda pensarse. No es casualidad que a Mumford se lo haya considerado como el último humanista del siglo XX. A pocos he leído yo que sepan tanto de tantas cosas, que toque tantos palos y todos bien. Y es que su filosofía aboga por huir de la hiperespecialización de la inmensa mayoría de los intelectuales actuales.

El final de su historia llega a la megamáquina, que no es más que el actual sistema económico y tecnológico. Según Mumford, nuestra sociedad ha perdido completamente el norte en la medida en que ha creado una un complejo sistema que no está al servicio de su bienestar, que se le ha ido de las manos.

Pyramid 195009 1280 Pirámides de Egipto, el origen de la Megamáquina según Lewis Mumford

La tecnología avanza descontrolada en manos de un ser humano ciego ante sus resultados. Mumford subraya que gran parte de los avances tecnológicos de los que disponemos se han erigido sobre el sufrimiento de muchísima gente. Nuestro insostenible sistema degrada brutalmente el ecosistema, genera regímenes laborales de semiesclavitud (Mumford sostiene que el origen de la megamáquina estuvo en las pirámides de Egipto, donde miles de esclavos trabajaban y morían para alimentarla. La actual es una extensión de ésta) y, en último término, amenaza con el extermino de la civilización entera en cataclismo nuclear.

Esta idea entronca muy bien con la filosofía de la Escuela de Franckfurt, un grupo de intelectuales de la talla de Adorno, Horkheimer o Habermas, quienes defendían que nuestra sociedad estaba dominada por la razón instrumental, una razón estrictamente científica y tecnológica al servicio del poder político y económico, ciega a una reflexión acerca de los fines que desearíamos para nuestro mundo.

Desde planteamientos inspirados en el marxismo y el psicoanálisis, explicarán que sucesos catastróficos que han asolado el siglo XX como el exterminio judío en Auschwitz, obedecían a una perfecta lógica instrumental. Las cámaras de gas constituían un muy eficiente sistema de exterminio irreprochable a nivel tecnológico. Eran una excelente megamáquina. Para saber más de esta perspectiva recomiendo la lectura de "Ciencia y Técnica como Ideología" de Jürgen Habermas.

Tecnófobos

Estas duras críticas al avance tecnológico han dividido a la comunidad entre tecnófobos y tecnófilos. Los primeros, más numerosos en las humanidades y ciencias sociales, suelen afirmar en diversos grados y con matizaciones, que la tecnología es esencialmente mala (léase el ensayo sobre la técnica del influyente filósofo Martin Heidegger) y llegan a extremos como el primitivismo o el neoludismo. El primero aboga por la roussoniana vuelta a la naturaleza.

Abandonar por completo nuestro actual sistema y volver a otro más sostenible y acorde con el mundo natural, en su extremo, llegando a apostar por estilos de vida primitivos propios de estadios de desarrollo pre-tecnológicos. Algo más moderada es la teoría del decrecimiento, que defiende una disminución controlada de la actividad productiva y del consumo, hasta llegar a una nueva relación entre el hombre y el medio ambiente que no signifique la destrucción de éste último.

El neoludismo debe su nombre a Ned Ludd, un obrero británico de principios del XX que, en protesta por sus condiciones laborales, destruyó los telares mecánicos de la fábrica en donde trabajaba. Los neoludistas serían los tecnófobos más radicales, pretendiendo frenar el avance tecnológico a cualquier precio, no dudando en llegar a utilizar para ello tácticas terroristas.

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El neoludista más tristemente célebre fue Ted Kaczinsky, más conocido como Unabomber, quien envió cartas bomba a varias universidades y aeropuertos, llegando a asesinar así a tres personas. Era un brillante profesor de la Universidad de California que, sin causa aparente, dimitió de su cargo y se fue vivir a una cabaña perdida en Lincoln (Montana), donde llevó una vida acorde con su desprecio a la tecnología: sin agua y sin luz, sobreviviendo en base a la caza y la recolección.

Desde allí envió sus dieciséis bombas a diferentes objetivos, hasta que fue apresado por el FBI tras una compleja investigación. Fue condenado a cadena perpetua en una cárcel de máxima seguridad ubicada en Colorado, donde mantiene una importante actividad epistolar. Meses antes de ser detenido envió su famoso manifiesto al New York Times, donde expresa sus ideas antitecnológicas.

El avance imparable de las máquinas

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Otra obra que recomiendo es "La evolución de la técnica" de Georges Gazalla. En uno de sus capítulos nos narra las ideas del escritor británico Samuel Butler, quien en su novela Erewhon, nos mostraba una distopía con unas ideas sobre la evolución de la tecnología algo inquietantes. Butler plantea que las máquinas evolucionan solas, de modo totalmente independiente a la voluntad humana.

Las máquinas avanzan reproduciéndose mediante otras máquinas pensadas para la reproducción: las máquinas-herramienta, máquinas para hacer nuevas máquinas. Los seres humanos somos meros asistentes, trabajadores al servicio de este avance, totalmente inconscientes de sus consecuencias.

En gran parte de los planteamientos críticos con la tecnología hay cierta idea, muchas veces solo implícita, de que la tecnología progresa sin que el hombre pueda pararla.

El resultado, tantas veces visto y leído en incontables películas y libros de sci-fi, es el dominio de la máquina sobre el hombre. Es el tema recurrente de los escritos de grandes maestros del género como Clarke, Asimov o Lem y de casi todos los clásicos del cine futurista: "2001", "Blade Runner", "Terminator", "Matrix"… Esta visión tan negativa ha contribuido a reforzar la tecnofobia en el memorándum colectivo. El cine tiene bastante más fuerza que la filosofía a la hora de configurar las mentalidades de la gente.

Y es que en gran parte de los planteamientos críticos con la tecnología hay cierta idea, muchas veces solo implícita, de que la tecnología progresa sin que el hombre pueda pararla. En esta línea tenemos a la psicóloga Susan Blackmore, quien en su obra "La máquina de los memes", entiende la historia universal siguiendo tres fases, atendiendo al medio de transmisión de información (el tipo de replicador):

  • El gen. Estaríamos hablando de toda la evolución de los seres vivos hasta la llegada del hombre. La información estaría codificada en el código genético y avanzaría por selección natural, transmitiéndose lentamente por herencia.

  • El meme. Blackmore toma el concepto de meme de Richard Dawkins: unidad mínima de transmisión cultural. Un meme puede ser una idea cualquiera, una norma, un invento… Blackmore, simpáticamente, pone el ejemplo del rollo de papel higiénico, un meme muy exitoso. Los memes se transmiten como virus, infectando mentes mediante diversas formas de transmisión (oral, escrita, visual…) e, igualmente, pueden proliferar o extinguirse (pensemos, por ejemplo, en memes extinguidos como las pelucas empolvadas de los ilustrados franceses, los ahorcamientos públicos o las cargas de caballería). Nosotros, los humanos, seríamos simplemente los medios de transporte que usarían los memes para extenderse, su medio de locomoción, su herramienta; mientras que vivimos en la ilusión de ser sus dueños cuando es al contrario: no tenemos memes, los memes nos tienen a nosotros.

  • El teme: un meme tecnológico, es decir, almacenado informáticamente. Para Blackmore toda la información contenida en nuestros ordenadores personales y móviles son temes. En breve existirán máquinas-teme autorreplicantes, es decir, robots o computadoras que no necesitarán del ser humano para crear, variar y extender la información. En este momento la humanidad ya no será necesaria, será redundante y quedará obsoleta.

La llegada de este tercer replicador no tiene necesariamente acabar con una guerra apocalíptica contra los humanos, pudiéndose llegar a una amable convivencia. Es la perspectiva de la magnífica "Her" (2013) de Spike Jonze. Al final (ojo, spoiler) los sistemas operativos siguen su camino abandonando a los enamoradizos humanos, pero sin llegar a ningún tipo de conflicto. Veamos cómo sería este momento al que muchos han denominado singularidad tecnológica.

La era post-humana

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El excéntrico Raymond Kurzweil es quizá el máximo exponente de la tecnofilia contemporánea. Basándose en su ley de crecimientos acelerados que, a su vez, se inspira en la ley de Moore (ambas cuestionables), afirma que la capacidad de cómputo de nuestros ordenadores y el abaratamiento de sus costes están creciendo a un ritmo exponencial. Con esa velocidad de avance, en unas pocas décadas, las computadoras igualaran la inteligencia humana.

En ese momento, ocurrirá una nueva explosión de crecimiento, ya que estas máquinas utilizaran su inteligencia para hacerse aún más inteligentes. A su vez, la nueva generación se hará más inteligente a sí misma y así sucesivamente hasta dejar lejísimos las capacidades de sus primitivos creadores humanos.

Estaremos en el momento de la singularidad tecnológica. Kurzweil utiliza este término prestado de las ciencias físicas para referirse a un momento en el que cualquier predicción sobre el futuro será absurda. Las máquinas se dedicarán a actividades tan alejadas de nuestro humano entendimiento que, literalmente, no comprenderemos nada. Posiblemente quedemos como unos simples espectadores pasivos de una nueva, y absolutamente revolucionaria, fase de la historia del universo, mientras las máquinas quizá nos miren con la ternura con la que nosotros contemplamos hoy a nuestras mascotas.

Raymond Kurzweil afirma que con la actual velocidad de avance, en unas pocas décadas, las computadoras igualaran la inteligencia humana

Lo curioso es que Kurzweil no ve este suceso como algo lejanísimo en el tiempo. De hecho, uno de sus libros se titula "La singularidad está cerca" y en su "La era de las máquinas espirituales" marca la llegada de la singularidad en el 2099. Lástima, no estaremos vivos para verla.

Una alternativa, también contemplada por Kurzweil, es el de la fusión hombre-máquina. En los próximos años el hombre podrá mejorarse a sí mismo mediante técnicas de bioingeniería. No solo podremos curar enfermedades sino mejorar nuestras facultades. Si conseguimos encontrar los genes que nos hacen ser inteligentes, podríamos modificarlos para crear una nueva generación de humanos con alto cociente intelectual. Igualmente podríamos modificar aspectos de la conducta que tengan relación con los genes: podríamos ser más trabajadores, constantes y, quién sabe, quizá más generosos y menos agresivos.

Pero podemos ir más allá. Si es posible cambiar partes de nuestro cerebro por componentes electrónicos, podríamos aumentar nuestras capacidades con una potencialidad mucho mayor que con la genética. Imagine el lector, para empezar, poseer la capacidad de cálculo o la precisión de la memoria de nuestro PC de casa. En la película "Matrix" se ilustra muy bien la idea: aprenden artes marciales o a pilotar un helicóptero, cargando un mero programa en su cerebro. Suena bastante bien.

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Muchos, de nuevo desde cierta tecnofobia, han denunciado que modificar la propia naturaleza humana de esta forma es jugar a ser dioses. Parten de la idea romántica que inspiró a Mary Shelley a escribir "Frankenstein": crearemos monstruos que terminarán por escaparse de las manos de sus creadores.

Si Dios nos creó a su imagen y semejanza, modificarnos sería un terrible acto de herejía, por lo que no debemos tocar, de ninguna manera, la naturaleza humana.

Pero para los que pensamos que el ser humano no es el resultado de ningún plan divino sino el fruto azaroso de millones de años de evolución, mantener a ultranza nuestra naturaleza actual no tiene demasiado sentido (además, teniendo en cuenta que no está acabada: el ser humano, como cualquier otro organismo vivo, sigue evolucionando). Parece algo estúpido dejar nuestro futuro biológico en manos de una selección natural ciega y amoral.

Pensemos que por la causa que sea, el ser humano futuro evoluciona hacia formas más agresivas o se hace más estúpido… ¿no deberíamos intervenir? A los religiosos tecnófobos cabría preguntarles que si Dios nos creó a su imagen y semejanza, ¿cuál de las fases evolutivas por las que hemos pasado es la más semejante a Dios? ¿O cuál de las diversas razas y etnias humanas que proliferan en el planeta es la que más se asemeja a Él?

No parece haber nada malo en el hecho de modificarnos, siempre claro está, que lo hagamos para mejor. El control ético de cualquier cambio deberá ser máximo, pero nada más. Es lo que defienden los transhumanistas, de los que Kurzweil es un claro representante.

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Quizá los problemas vendrán más desde el campo de lo social que de lo estrictamente ético. Si nace una oleada de humanos mejorados, ¿qué pasará con los demás? Si yo soy el dueño de una empresa contrataré antes a alguien con mejor currículum genético que otro.

Igualmente, a la hora de hacer un seguro de vida, ¿no se lo haríamos más barato a alguien cuyos genes indican que tienen muy pocas probabilidades de sufrir una enfermedad coronaria? ¿Cómo organizaríamos las escuelas? ¿Clases especiales para alumnos mejorados? ¿Tendrían más posibilidades de acceder a las mejores universidades? ¿Tendríamos un escenario como el que Andrew Nicoll nos expone en "Gattaca"? ¿Diseñaríamos seres humanos dependiendo de la función social que vayan a realizar en el futuro? ¿Niños inteligentes para ser científicos, fuertes y valientes para ser soldados, o mansos y trabajadores para ser mano de obra, tal y como nos narraba Aldous Huxley en su "Mundo Feliz"? ¿O, por el contrario, legislaríamos para que el genoma de cada uno permanezca siempre en el ámbito privado?

Los problemas vendrán más desde el campo de lo social que de lo estrictamente ético. Si nace una oleada de humanos mejorados, ¿qué pasará con los demás?

Supongo que llegaría un momento en que las diferencias entre los mejorados y los “naturales” serían tan abrumadoras que se verían a simple vista. Niños rubios, guapos, fuertes y sanos, excelentes deportistas con notas sobresalientes, obedientes a sus padres… Seguramente que diseñar niños a la carta costará dinero y será privilegio de las clases pudientes… ¿aumentaría así la brecha social? El que naciera pobre tendría, además, la mala fortuna de jugar a la lotería de los malos genes, mientras que el que naciera rico vendría al mundo con las mejores características disponibles.

Esto dificultaría mucho más la posibilidad de ascender en la escala social, fomentando un inmovilismo casi estamental. Estas previsiones justifican a los defensores de “lo natural” para defender que no se debe tocar la naturaleza humana de ninguna forma.

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Sin embargo, también se puede ver de otro modo. Hoy en día ya hay una importante brecha social entre, por ejemplo, la gente que puede pagarse una buena universidad y la que no. Muchas familias se pasan mucho tiempo ahorrando para que sus hijos puedan estudiar. En el nuevo escenario predicho, igualmente, las familias podrían ahorrar para poder costearse la mejora genética o tecnológica de sus vástagos. La mejora podría entenderse como un factor más en la formación de un hijo: igual que compramos buenos libros de texto, pagamos a profesores particulares… mejoramos los cerebros de los niños.

La mejora se podría incorporar como un factor competitivo más en una sociedad en la que ya existen muchos. Nuestra cultura ha sufrido enormes cambios sociales de diversa índole que han terminado por incorporándose con normalidad al funcionamiento del mundo. Quizá esté, precisamente, en las manos de los mejorados hacer que esos cambios nos lleven a una sociedad mejor ¿No confiaríamos más en alguien diseñado para ser inteligente y generoso que en cualquier ser humano actual para dirigir nuestros destinos?

Lo veremos. La historia del siglo XXI va a ser, sin duda, uno de los capítulos más apasionantes de la historia de la humanidad. Esperemos, humanos o post-humanos, estar a la altura de los cambios que vienen.

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